Ayer me morí un rato... entre luces blancas, pijamas verdes y originales gorritos: ¡como en las películas!... Hoy, casi todo es como en la ficción.
El del celador era llamativo, azul y rojo: banderas inglesas. La guapa doctora de medicina nuclear que hablaba por el móvil y decía, muy alto: “Pues dónde voy a estar: ¡en el quirófano!”, llevaba uno con manchas marrones de guepardo, a juego con la carcasa del su móvil de leopardo. El de la anestesista, una doctora joven y bronceada, fue el gorro que más me gustó: sus tonos verdes, naranjas y azules evocaban risas, playas y vacaciones.
Como mi camilla estaba junto a la puerta, cada vez que alguna persona autorizada entraba o salía de la "zona prohibida a personal no autorizado" podía ver a mi marido en el pasillo, entonces volvíamos a despedirnos agitando la mano derecha… A la tercera apertura de puertas, ya no levanté la mano, solo le sonreí. A la cuarta, moví las cejas dos veces… recordando, un poco avergonzada, aquellas incómodas despedidas, en blanco y negro, de viejos trenes que parecían no arrancar nunca..., mientras los adioses erguidos se dormían, los temas de conversación bostezaban y, tímidamente, se iban arrugando las muestras de cariño.
El celador inglés manejó mi cama como un verdadero profesional de coches de choque: esquivando con ímpetu todos los obstáculos y estrecheces que nos salían al paso. Cinco maniobras y ya estábamos junto a la mesa de operaciones.
Yo me fijaba en cualquier detalle, quería escribir un relato verosímil de una verdadera operación.
Manipularon mis brazos. El izquierdo: “Ahora un pinchazo que te dolerá un poco, para la vía… ¡Ya está!” El derecho: “Así me vale. Esto es para controlar tu presión arterial… Tienes pulsaciones de deportista…”. Fue entonces cuando me saludó mi cirujana. Con su pelo moreno recogido en un gorrito blanco lleno de personajes cabezones del mundo del cómic... Los miré y me sonrieron. Ellos corrieron hacia fuera, desenfocados por la luz, yo les seguí. ¡Me gustan los dibujos animados!
Pero antes de terminar la animación se escuchó un mal doblaje, una megafonía que no venía a cuento: “Amparo, Amparo… Te hemos quitado bastantes… ¿Me oyes?” “Graaciaass...¡Muchas graciasss!…”, contesté por educación a no sabía quién.
Es lo que tiene cuando desconectas un rato, o tres horas, de este mundo de película, que al volver no sabes contar qué pasó en realidad.
Petra Acero (10/08/2013)
Pero ya estoy aquí, sea este el mundo que sea... es en el que estáis vosotros.