Cuando le dije a Sofí Castelo que no quería ser su novio, me amenazó con un conjuro que hablaba de dientes de dragón. Luego, lanzó cuatro escupitajos al suelo —uno por cada punto cardinal—, girando la cabeza 360 grados. Yo me burlé de sus amenazas: “Sofíaaa, no te tengo miedo ni de noche ni de díaaa”. Aunque no era cierto. Estaba seguro de que Sofí tenía poderes, y uno de ellos era ese: ¡girar la cabeza como la niña de El Exorcista! Molaba cuando jugábamos al escondite inglés, al balón prisionero o al veo-veo, pero en ocasiones como aquella, ¡acojonaba!
Al día siguiente, la familia Castelo murió en un accidente de tráfico. Desde entonces, el recuerdo de Sofí me obsesiona. Su hechizo consiguió que ninguna de mis relaciones amorosas prosperaran… Pasados los años, todavía continúo buscando sus “señales” por la ciudad.
Hoy descubrí su imagen en un grafiti: una sombra gris custodiada por dragones multicolores. ¡Se me aceleró el corazón! Solo tenía que escupir cuatro veces y… ¡adiós maldición! Me acerqué al muro. Sofí giró la cabeza y me miró. ¡Juro que me miró! Acaricié su mejilla descarnada. “Te echo de menos”, susurré. Sofí sonrió. Yo tragué saliva, ¡toda!
En Esta Noche Te Cuento jugamos a contar historias.
Desde enero de 2018, la inspiración debe girar en torno a una imagen.












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